miércoles, 5 de noviembre de 2008

El sueño de Santa Elena




"Una santa para desintoxicar poder"
“Si cada día entiendo menos y comprendo más es que vamos siendo más divinos y por eso hospedamos mejor”
(Monseñor Jose Maria Montes).
Elena nació en Bitinia, Italia, en el año 254. Ayudaba a su padre en la atención de una posada.
Una mañana Constancio se detuvo en la posada para almorzar, reparando en la bondad y belleza de la mujer que atendía las mesas y poco después se enamoró de ella. De allí que Elena recuerda para muchos los parajes y los encuentros en los que todos los sentidos nos invitan a permanecer y quedarnos.
De esa unión nació un hijo que, con el correr de los años, sería llamado a ocupar el trono de Roma, recordado como uno de los más grandes soberanos de su tiempo.
Sin formación cristiana pero sorprendentemente rica espiritualmente, pese a que no conocía al Dios de los cristianos, Elena sentía compasión respeto y admiración por esas comunidades, a quienes se perseguía de la forma más horrenda. (...)
(…) Elena vio a su esposo en lo más alto del poder mundial, pero con la gloria llegó también la crisis. Maximiano había solicitado a Constancio que se casara con su hija Teodora, obligándolo a repudiar a Elena por no ser de la nobleza. Enceguecido por la ambición, el valeroso general no solo abandonó a su esposa, sino que, además, se llevó a su hijo, causándole con ello quizás la mayor pérdida de su vida.
Catorce años vivió Elena sin ver a su hijo; fueron sus años más duros. (...) Se fue constituyendo la persona de los grandes reencuentros, porque sólo valoran el éxtasis de aquellos grandes encuentros, los que en algún momento sufrieron la separación.Constantino fue proclamado único emperador, convirtiéndose, por consiguiente, en amo del mundo. A su madre le dio los títulos de Augusta y Emperatriz, acuñando monedas con su efigie y otorgándole plenos poderes que le permitieron utilizar los fondos públicos para obras de bien.(…)A Elena no le interesaban los títulos. Le urgía otra cosa y logró, a fuerza de insistir, que su hijo firmara en el año 313 el célebre Edicto de Milán, por medio del cual no sólo dispuso oficialmente que cesaran las persecuciones contra los cristianos, sino que, además, se restituyera a la Iglesia (no a los particulares) todos sus bienes (…)Recuperar las propiedades y ser reconocido el cristianismo como religión oficial, fue un acto de justicia que Elena pudo disfrutar sin intoxicar su fe. Constantino propuso una fe de un Cristo salvador alineada con los intereses del Imperio (…)

Elena enseña con su vida a no creernos nada cuando tenemos poder y sólo buscar ser justos y cuando somos excluidos a no olvidar que nos pertenecemos y que fuimos llamados a no dejar de ser familia humana.
La posadera demostró que en el ostracismo el vino se aquilata y si uno no se resiente nos divinizamos y ayudamos a ver a Dios en la historia.

Carlos Cajade
Mario Ramírez
Leonardo Belderrain


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